LEILA ESTABRE
Leila Florencia Estabre. Nacio el 2/12/1996 en Buenos Aires Tiene 29 años. Es Técnica Universitaria en Servicios Sociales. Licenciada en Trabajo Social (UNLaM). Ha participado en diversas actividades políticas y culturales relacionadas a la defensa de la vida desde la concepción. Actualmente se desempeña como Trabajadora Social en el sector educativo y en el ámbito de promoción y protección de los derechos del niño.
Fue miembra activa del grupo pro vida Peronistas por la Vida.
Fue miembra fundadora de Nacionalismo Cultural en su 1ra Etapa.
Diserto en varias ocasiones en la CGT en el marco de la Fundacion Rucci
EVA PERÓN, SU PENSAMIENTO Y EL FEMINISMO
¿Por qué es importante tocar este tema? Porque es una cuestión de palpitante
actualidad. Vemos como ciertos sectores progresistas en Argentina toman la imagen
de Evita hasta deformarla, demostrando una incomprensión de su esencia y de su
pensamiento.
También vemos como estos sectores la señalan como una referente del movimiento
feminista, volviendo a demostrar así el claro desconocimiento de su cosmovisión, ya
sea por ignorancia o por deshonestidad intelectual.
¿Por qué compararla con Simone de Beauvoir?
Porque Simone además de ser una de las grandes ideólogas del feminismo, que dio el
puntapié fundacional para el establecimiento de la segunda ola, fue también
contemporánea a Evita. (Se llevaban 11 años). De esta forma se interpreta que
cuando Eva habla del feminismo europeo, lo hace referenciándose también en el
pensamiento de Beauvoir, cuya obra “El segundo sexo” (1949) se había convertido
rápidamente en un éxito y se había difundido en los ciclos intelectuales de Francia, no
sin causar polémica y por supuesto algunas críticas.
Es destacable que al día de hoy en la Argentina este libro es uno de los libros más
vendidos.
Para realizar esta presentación, decidí tomar tres ejes principales para destacar de
una manera lo más clara y sencilla, las diferencias en la cosmovisión de pensamiento
entre ambas. Porque juntar a estas dos mujeres, es como juntar el agua y el aceite,
pero vamos a analizar por qué digo esto.
Los tres ejes son: la relación con el concepto de mujer, la relación con el feminismo y
la relación con la espiritualidad. Estos ejes nos permitirán comprender mejor el
pensamiento diferenciado de ambas.
Antes de pasar a los ejes haremos una breve caracterización de cada una.
En primer lugar Eva Duarte de Perón, conocida popularmente como Evita: una mujer
femenina (como ella misma se declara) de espíritu cristiano y con valores nacionales;
y por otro lado Simone de Beauvoir: feminista, atea y comunista declarada.
También vale aclarar hoy, en un contexto signado por el feminismo moderno que hace
profundo hincapié en las relaciones conflictivas entre hombres y mujeres; que Evita
sintió hasta el último día de su vida un profundo respeto y amor por su esposo, el
General Perón.
En reiteradas ocasiones se refería a él como su mentor y líder, sin ponerse colorada al
declararse una humilde colaboradora de su gesta. Hoy bien sabemos que aquello era
un gesto de modestia y humildad, ya que Evita resultaba ser una figura sumamente
relevante para el pueblo argentino.
Evita comienza diciendo en el prólogo de su obra “La razón de mi vida”:
“Y yo tengo mis razones, mis poderosas razones que nadie podrá discutir ni
poner en duda: yo no era ni soy nada más que una humilde mujer... un gorrión
en una inmensa bandada de gorriones... Y él era y es el cóndor gigante que
vuela alto y seguro entre las cumbres y cerca de Dios.
Si no fuese por él que descendió hasta mí y me enseñó a volar de otra manera,
yo no hubiese sabido nunca lo que es un cóndor ni hubiese podido contemplar
jamás la maravillosa y magnífica inmensidad de mi pueblo.
Por eso ni mi vida ni mi corazón me pertenecen y nada de todo lo que soy o
tengo es mío. Todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que pienso y todo lo
que siento es de Perón.”
Lo que Evita expresa es una clara muestra de su amor a Perón, como ella dice tanto a
su persona como a su causa. No es un amor trivial o un amor sentimentalista. Evita
entiende que la razón de este amor corresponde a su misión, es un amor que la eleva
de lo ordinario para situarla en la misión de su vida. No es un amor de desprecio hacia
sí misma, es un amor de elevación de su causa y su misión trascendente.
“Del mismo Perón, que siempre suele decir: “el amor es lo único que
construye”, he aprendido lo que es una obra de amor y cómo debe cumplirse. El
amor no es — según la lección que yo aprendí — ni sentimentalería romántica,
ni pretexto literario. El amor es darse, y “darse” es dar la propia vida. Mientras
no se da la propia vida cualquier cosa que uno dé es justicia. Cuando se
empieza a dar la propia vida entonces recién se está haciendo una obra de
amor.”
Simone en cambio no dudaba en llamarse a sí misma una intelectual de su época,
reconociendo su intenso camino en el mundo de las letras y la política, junto a su
compañero sentimental Sartre, con quien mantuvo una relación poliamorosa hasta su
muerte.
Ahora sí, pasemos a los tres ejes. Empezamos con la relación con el concepto de
mujer.
Vamos a ver primero cual era el concepto que Simone de Beauvoir tenía sobre la
mujer. En la introducción de “El segundo sexo”, Simone cuestiona la existencia misma
de la mujer como ser diferenciado del varón.
“Pero, en primer lugar, ¿qué es una mujer? (...) El conceptualismo ha perdido
terreno: las ciencias biológicas y sociales ya no creen en la existencia de
entidades inmutablemente fijas que definirían caracteres determinados, tales
como los de la mujer, el judío o el negro; consideran el carácter como una
reacción secundaria ante una situación. Si ya no hay hoy feminidad, es que no la
ha habido nunca. ¿Significa esto que la palabra «mujer» carece de todo
contenido? Es lo que afirman enérgicamente los partidarios de la filosofía de las
luces, del racionalismo, del nominalismo: las mujeres serían solamente los
seres humanos aquellos a los que arbitrariamente se designa con la palabra
«mujer».”
Se cuestiona el concepto de mujer al mismo tiempo que se niega la feminidad como
esencia inmutable. Esto se ve mayormente evidenciado en su frase más celebre y tan
escuchada en los medios de comunicación y la academia hoy en día:
“No se nace mujer, llega a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico
define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la
civilización es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el
castrado al que se califica como femenino.”
Considera a la mujer como un Otro respecto del varón, pero no por su diferencia
esencial que es el valor de la feminidad (como sí lo creía Evita, como lo vamos a ver
más adelante), sino como producto de una construcción social donde la misma es
simplemente un macho castrado.
Continúa diciendo hacia el final de su obra:
“¿Basta con cambiar las leyes, las instituciones, las costumbres, la opinión y
todo el contexto social para que hombres y mujeres se conviertan
verdaderamente en semejantes? «Las mujeres siempre serán mujeres», afirman
los escépticos; y otros videntes profetizan que, al despojarse de su feminidad,
las mujeres no lograrán transformarse en hombres y se convertirán en
monstruos. (Esto es justamente lo que decía Evita, que la mujer despojada de su
feminidad deforma su ser, y por eso temía a la “masculinización de la mujer”).
...Eso es tanto como admitir que la mujer de hoy es una creación de la
Naturaleza. Es preciso volver a repetir una vez más que, en la colectividad
humana, nada es natural, y que, entre otras cosas, la mujer es un producto
elaborado por la civilización: la intervención de otro en su destino es original; si
esa acción estuviese dirigida de otro modo, desembocaría en un resultado
completamente diferente. La mujer no es definida ni por sus hormonas ni por
misteriosos instintos, sino por el modo en que, a través de conciencias
extrañas, recupera su cuerpo y sus relaciones con el mundo.”
Eva en cambio, resalta las características de la mujer, diferenciándola
constitutivamente del hombre en tanto su naturaleza complementaria femenina
especifica. Así lo expresa en su obra “La razón de mi vida”:
“Yo creo firmemente que la mujer vive mejor en la acción que en la inactividad.
(...)
La razón en muy simple: el hombre puede vivir exclusivamente para sí mismo.
La mujer no. Si una mujer vive para sí misma, yo creo que no es mujer o no
puede decirse viva... Por eso le tengo miedo a la "masculinización" de las
mujeres.
Cuando llegan a eso, entonces se hacen egoístas aún más que los hombres,
porque las mujeres llevamos las cosas más a la tremenda que los hombres.
Un hombre de acción es el que triunfa sobre los demás. Una mujer de acción es
la que triunfa para los demás... ¿no es ésta una gran diferencia?”.
También menciona el problema de la mujer y su misión, entendida diferente a la del
varón.
“Todos los días millares de mujeres abandonan el campo femenino y empiezan
a vivir como hombres. Trabajan casi como ellos. Prefieren, como ellos, la calle a
la casa. No se resignan a ser ni madres, ni esposas. Sustituyen al hombre en
todas partes. ¿Eso es “feminismo? Yo pienso que debe ser más bien
masculinización de nuestro sexo. Y me pregunto si todo este cambio ha
solucionado nuestro problema. Pero no. Todos los males argentinos siguen en
pie y aun aparecen otros nuevos. Cada día es mayor el número de mujeres
jóvenes convencidas de que el peor negocio para ellas es formar un hogar. Y sin
embargo para eso nacimos. Allí está nuestro más grave problema. Nos sentimos
nacidas para el hogar y el hogar nos resulta demasiada carga para nuestros
hombros. Renunciamos al hogar entonces... salimos a la calle en busca de una
solución... sentimos que la solución es independizarnos económicamente y
trabajamos en cualquier parte... pero ese trabajo nos iguala a los hombres y...
¡no! No somos como ellos... ellos pueden vivir solos... nosotras no... Nosotras
sentimos necesidad de compañía, de una compañía total... sentimos la
necesidad de darnos más que de recibir... ¡No podemos trabajar nada más que
para ganar un sueldo como los hombres!”
Evita habla del ataque al rol de la mujer como madre y como esposa. Evita denuncia
enérgicamente este ataque, que lo considera como un ataque al hogar y a la familia,
que es la célula básica de la comunidad.
No dice que las mujeres no pueden salir a trabajar si así lo acucia la necesidad, sino
que las mujeres no deben querer hacer lo mismo que el hombre como si buscara
hacerle la guerra, generando la masculinización de su forma de ser y actuar en el
mundo. En definitiva, muestra claramente que Eva distinguía entre la esencia
masculina y la femenina.
“Yo me siento nada más que la humilde representante de todas las mujeres del
pueblo.
Me siento, como ellas, al frente de un hogar, mucho más grande es cierto que el
que ellas han creado, pero al fin de cuentas hogar: el gran hogar venturoso de
esta Patria mía que conduce Perón hacia sus más altos destinos.
¡Gracias a él, el “hogar” que al principio fué pobre y desmantelado, es ahora
justo, libre y soberano!
¡Todo lo hizo él! Sus manos maravillosas convirtieron cada esperanza de
nuestro pueblo en un millar de realidades. Ahora vivimos felices, con esa
felicidad de los hogares, salpicada de trabajos y aun de amarguras... que son
algo así como el marco de la felicidad. En este gran hogar de la Patria yo soy lo
que una mujer en cualquiera de los infinitos hogares de mi pueblo. Como ella
soy al fin de cuentas mujer.”
Es muy reiterativa la concepción que Eva Perón tiene sobre la mujer como guardiana
del hogar. Y vuelvo a repetir, no porque ella crea que la única posibilidad de una mujer
es ser ama de casa, es mucho más profundo que eso. Ella entiende que la mujer
dentro del hogar lleva a cabo una de las más grandes obras que puede tener una
nación, que es la formación de los hijos de la Patria. Evita se refiere a la esencia
potenciadora de la mujer como transmisora de la cultura y dadora de vida de la
historia. Entonces el hogar para ella, es todo aquel lugar donde la mujer hace efectiva
su propia esencia. Por eso dice:
“El problema de la mujer es siempre en todas partes el hondo y fundamental
problema del hogar. Es su gran destino. Su irremediable destino. Necesita tener
un hogar, cuando no pueda construirlo con su carne lo hará con su alma ¡o no
es mujer!”
Y se queja de algunas intelectuales:
“No saben que la humanidad pasa de un siglo a otro a través de nuestro cuerpo
y de nuestra alma, y que para eso es necesario que nosotras construyamos
cada una un hogar.”
Pasemos ahora al segundo eje. La relación con el feminismo.
Ya hemos visto que De Beauvoir fue una gran impulsora del feminismo a escala global
con su militancia social y sus obras literarias. Ella exponía lo siguiente:
“Creía que había que militar por la revolución, soy completamente de izquierdas
y busco el derrocamiento del sistema, la caída del capitalismo. Pensaba que
sólo hacía falta eso para que la situación de la mujer fuese igual que la del
hombre. Después me di cuenta de que me equivocaba. Ni en la URSS, ni en
Checoslovaquia, ni en ningún país socialista, ni en los partidos comunistas, ni
en los sindicatos, ni siquiera en los movimientos de vanguardia, el destino de la
mujer es el mismo que el del hombre. Esto es lo que me convenció para
convertirme en feminista y de manera bastante militante. He comprendido que
existe una lucha puramente feminista y que ésta pelea contra los valores
patriarcales, que no debemos confundir con los capitalistas. Para mí, las dos
luchas han de ir juntas.” (Extracto de una entrevista realizada a la autora en
1975).
Por otra parte, Eva Duarte de Perón se mostraba reacia a unirse al movimiento
feminista. Lo dice en el capítulo que tituló “El paso de lo sublime a lo ridículo”:
“Confieso que el día que me vi ante la posibilidad del camino "feminista" me dio
un poco de miedo. ¿Qué podía hacer yo, humilde mujer del pueblo, allí donde
otras mujeres, más preparadas que yo, habían fracasado rotundamente? ¿Caer
en el ridículo? ¿Integrar el núcleo de mujeres resentidas con la mujer y con el
hombre, como ha ocurrido con innumerables líderes feministas? Ni era soltera
entrada en años, ni era tan fea por otra parte como para ocupar un puesto así...
que, por lo general, en el mundo, desde las feministas inglesas hasta aquí,
pertenece, casi con exclusivo derecho, a las mujeres de ese tipo... mujeres cuya
primera vocación debió ser indudablemente la de hombres. ¡Y así orientaron los
movimientos que ellas condujeron! Parecían estar dominadas por el despecho
de no haber nacido hombres, más que por el orgullo de ser mujeres. Creían
entonces que era una desgracia ser mujeres... Resentidas con las mujeres
porque no querían dejar de serlo y resentidas con los hombres porque no las
dejaban ser como ellos, las "feministas", la inmensa mayoría de las feministas
del mundo en cuanto me es conocido, constituían una rara especie de mujeres...
¡que no me pareció nunca mujer! Y yo no me sentía muy dispuesta a parecerme
a ellas...”
Es interesante realizar una observación acerca del título de este capítulo. Aunque este
más que clara la posición contraria de Evita sobre el movimiento feminista. Cuando
ella habla del paso de lo “sublime” a lo “ridículo”, está diciendo justamente esto: que la
noble y sublime batalla de reivindicar a la mujer, cayó en el ridículo debido a los
medios utilizados. El absurdo consiste en que, según Eva, el feminismo en lugar de
hacer una reivindicación de la mujer, lo que hace es llevarla a la masculinización, a
perder su esencia. Por eso es importante nunca perder de vista la mirada espiritual de
Evita sobre los procesos históricos.
Un día el General me dió la explicación que yo necesitaba.
“— ¿No ves que ellas han errado el camino? Quieren ser hombres. Es como si
para salvar a los obreros yo los hubiese querido hacer oligarcas. Me hubiese
quedado sin obreros. Y creo que no hubiese podido mejorar en nada a la
oligarquía. No ves que esa clase de “feministas” reniega de la mujer. Algunas ni
siquiera se pintan... porque eso, según ellas es propio de mujeres. ¿No ves que
quieren ser hombres? Y si lo que necesita el mundo es un movimiento político y
social de mujeres... ¡qué poco va a ganar el mundo si las mujeres quieren
salvarlo imitándonos a los hombres! Nosotros ya hemos hecho solos,
demasiadas cosas raras y hemos embrollado todo, de tal manera, que no sé si
se podrá arreglar de nuevo al mundo. Tal vez la mujer pueda salvarnos a
condición de que no nos imite.”
Yo recuerdo bien aquella lección del General. Nunca me pareció tan claro y tan
luminoso su pensamiento. Eso era lo que yo sentía. Sentía que el movimiento
femenino en mi país y en todo el mundo tenía que cumplir una función sublime...
y todo cuanto yo conocía del feminismo me parecía ridículo. Es que, no
conducido por mujeres sino por “eso” que aspirando a ser hombre, dejaba de
ser mujer ¡y no era nada!, el feminismo había dado el paso que va de lo sublime
a lo ridículo. ¡Y ése es el paso que trato de no dar jamás!”
Para Evita, la lucha por la reivindicación de la mujer pasaba por otro lado. Esta iba a
ser dada mediante una nueva forma de dignificación de la esencia femenina y su
actuar en la esfera social. No relegar a la mujer de la acción social, sino que forme
parte incorporando su impronta femenina a la comunidad. Por eso ella hablaba de la
gran ausencia. Esta ausencia era la ausencia de la mujer en el mundo.
¿Cómo colaborar con la dignificación del estado de la mujer? No con una lucha contra
su esencia, ni una lucha contra el varón, sino mediante la complementación de ambos,
dispuestos a unir fuerzas.
“Yo creo que el movimiento femenino organizado como fuerza en cada país y en
todo el mundo debe hacerle y le haría un gran bien a toda la humanidad.
No sé en donde he leído alguna vez que en este mundo nuestro, el gran ausente
es el amor.
Yo, aunque sea un poco de plagio, diré más bien que el mundo actual padece de
una gran ausencia: la de la mujer. Todo, absolutamente todo en este mundo
contemporáneo, ha sido hecho según la medida del hombre.
Nosotras estamos ausentes en los gobiernos. (...) No estamos en ninguno de
los grandes centros que constituyen un poder en el mundo. Y sin embargo
estuvimos siempre en la hora de la agonía y en todas las horas amargas de la
humanidad. Parece como si nuestra vocación no fuese sustancialmente la de
crear sino la del sacrificio. (...) Y sin embargo nuestra más alta misión no es ésa
sino crear. Y no me explico pues por qué no estamos allí donde se quiere crear
la felicidad del hombre. ¿Acaso no tenemos con el hombre un destino común?
¿Acaso no debemos hacer juntos la felicidad de la familia? (...) Yo no desprecio
al hombre ni desprecio su inteligencia, pero si en muchos lugares del mundo
hemos creado juntos hogares felices, ¿por qué no podemos hacer juntos una
humanidad feliz? Ese debe ser nuestro objetivo. Nada más que ganar el derecho
de crear, junto al hombre, una humanidad mejor.”
Para ir finalizando, vamos a pasar al eje de la espiritualidad.
Simone de Beauvoir sostiene en su autobiografía llamada “Memorias de una joven
formal” (1959) su mirada acerca de la dimensión espiritual de la vida:
“(...) La consecuencia fue que me acostumbré a considerar que mi vida
intelectual –encarnada por mi padre– y mi vida espiritual – encarnada por mi
madre– eran dos terrenos radicalmente heterogéneos, entre los cuales no podía
producirse ninguna interferencia. La santidad pertenecía a otro orden que la
inteligencia; y las cosas humanas –cultura, negocios, política, usos y
costumbres– nada tenían que ver con la religión. Así relegué a Dios fuera del
mundo, lo que debía influir profundamente en mi futura evolución.”
Entendiendo a las verdades de este mundo como un producto ajeno a la realidad
espiritual. Para Simone, despojarse de la religión es evolucionar.
En su obra “El segundo sexo”, entiende a la religión como una especie de
tranquilizante de las masas y en este caso, un opio que da el varón a la mujer, al mejor
estilo de Marx cuando dice que “la religión es el opio de los pueblos”.
“Hay una justificación, una compensación suprema, que la sociedad ha tenido
siempre el prurito de dispensar a la mujer: la religión. Hace falta una religión
para las mujeres, como hace falta para el pueblo, exactamente por las mismas
razones: cuando se condena a la inmanencia a un sexo, a una clase, es
necesario ofrecerle el espejismo de una trascendencia.”
Es decir, que de la misma forma que el pueblo es oprimido por la burguesía, la mujer
es oprimida por el hombre, y para solucionar esto se ofrece la religión.
Evita llega y contesta lo siguiente:
“Yo no creo que la religión sea el opio de los pueblos. La religión debe ser, en
cambio, la liberación de los pueblos; porque cuando el hombre se enfrenta con
Dios alcanza las alturas de su extraordinaria dignidad.
Si no hubiese Dios, si no estuviésemos destinados a Dios, si no existiese
religión el hombre sería un poco de polvo derramado en el abismo de la
eternidad. Pero Dios existe y por Él somos dignos, y por Él somos iguales, y
ante Él nadie tiene privilegios sobre nadie. ¡Todos somos iguales!
Yo no comprendo entonces porqué, en nombre de la religión y en nombre de
Dios, pueda predicarse la resignación frente a la injusticia, y por qué no puede
en cambio reclamarse, en nombre de Dios y de la religión, esos supremos
derechos de todos a la justicia y a la libertad. Nadie puede impedir que los
pueblos tengan fe. Si la perdiesen, toda la humanidad estaría perdida para
siempre.”
Es clara su fe, su creencia en Dios, y en los valores trascendentes. Otro párrafo lo
demuestra:
“— Es cierto lo que Ud. dice. Yo no invoco a Dios muy frecuentemente. La
verdad es que no lo quiero complicar a Dios en el bochinche “de mis cosas”.
Además, casi nunca lo molesto a Dios pidiéndole que me recuerde, y nunca
reclamo nada para mí. Pero lo quiero a Cristo mucho más de lo que Ud. cree: yo
lo quiero en los descamisados. ¿Acaso no dijo El que estaría en los pobres, en
los enfermos, en los que tuviesen hambre y en los que tuviesen sed? (...) El
mismo Cristo dijo que... “nadie ama más que el que da la vida por sus amigos”.
Si alguna vez lo molesto a Dios con algún pedido mío es para eso: para que me
ayude a dar la vida por mis descamisados.”
Para terminar quiero cerrar con algunos párrafos en las palabras de Evita, que reflejan
de manera bastante sintética su posicionamiento como mujer que se sentía
fundamentalmente madre, opuesto al pensamiento feminista que denigra la
maternidad como esclavitud:
Me siento verdaderamente madre de mi pueblo. Y creo honradamente que lo soy. ¿Acaso no sufro con él? ¿Acaso no gozo con sus alegrías? ¿Acaso no me
duele su dolor? ¿Acaso no se levanta mi sangre cuando lo insultan o cuando lo
denigran? (...) Quiero hacer hasta el último día de mi vida la gran tarea de abrir
horizontes y caminos a mis descamisados, a mis obreros, a mis mujeres... Yo sé
que, como cualquier mujer del pueblo, tengo más fuerzas de las que aparento
tener y más salud de la que creen los médicos que tengo. Como ella, como
todas ellas, yo estoy dispuesta a seguir luchando para que mi gran hogar sea
siempre feliz. No aspiro a ningún honor que no sea esa felicidad! Esa es mi
vocación y mi destino. Esa es mi misión. Como una mujer cualquiera de mi
pueblo quiero cumplirla bien y hasta el fin. Tal vez un día, cuando yo me vaya
definitivamente, alguien dirá de mi lo que muchos hijos suelen decir, en el
pueblo, de sus madres cuando se van, también definitivamente:
— ¡Ahora recién nos damos cuenta que nos amaba tanto!
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