NATALIA JAUREGUIZAHAR,
Natalia Jaureguizahar nació el 7 de enero de 1979 en Venado Tuerto, provincia de Santa Fe. Se formó íntegramente en su ciudad natal, donde cursó sus estudios primarios, secundarios y el profesorado en Ciencias Naturales. Militante política desde temprana edad, su trayectoria combina compromiso territorial, participación en espacios de memoria histórica y producción cultural. Fue Secretaria de la Juventud de la Comisión de Homenaje Permanente a la Batalla de Vuelta de Obligado, desde donde contribuyó al proceso que logró la declaración del sitio como Monumento Histórico Nacional. En el marco de su militancia, ha participado activamente en acciones de defensa de la memoria histórica y resignificación del pasado político argentino. Formó parte de iniciativas y actos vinculados a la denuncia y reflexión sobre hechos como la destrucción del monumento a la llamada “Revolución Libertadora” en Salliqueló, interviniendo en espacios colectivos que promueven una lectura crítica de los procesos históricos y sus huellas en el presente. Como escritora, es autora de cinco libros que abordan la memoria, la historia y las tramas humanas desde una mirada sensible y comprometida. Entre sus obras se destacan Notas de militancia, para siempre volver (Ed. Fabro, 2014), Santa Emilia y La Falla —publicadas de manera independiente—, Cielo del olvido (Ed. Itarg, 2025) y Secretos bajo tierra. Ha publicado además artículos y textos en diarios, revistas digitales y medios gráficos. Actualmente colabora con la revista en papel La Rendija, de Venado Tuerto.
Es también autora de canciones, mayormente dentro del folclore nacional, y cuenta con 55 obras registradas en SADAIC al día de la fecha.
LA FELICIDAD COMO OBJETIVO POLITICO (SI, LA FELICIDAD)
En política, las palabras no son inocentes. No es lo mismo prometer “crecimiento”, “estabilidad” o “bajar la inflación” que decir, sin ruborizarse, que el objetivo es la felicidad del pueblo. Suena casi sospechoso, como si alguien se hubiera equivocado de rubro y estuviera escribiendo un libro de autoayuda.
Sin embargo, el peronismo se anima a eso. No habla solo de bienestar. Habla de felicidad. Y ahí hay algo más que una cuestión semántica: hay una postura filosófica bastante audaz.
Porque la mayoría de las corrientes políticas modernas se mueven en un terreno más medible, más “serio”: números, índices, variables. Todo muy prolijo, como una planilla de Excel que nadie entiende pero todos respetan. El problema es que, en ese idioma, la vida concreta —la que se ríe, sufre, se enamora, se frustra— queda un poco afuera.
El peronismo, en cambio, mete una palabra incómoda. Felicidad. Una palabra que no se deja medir del todo, que no entra fácil en gráficos, y que obliga a pensar la política no solo como administración, sino como construcción de una vida que valga la pena ser vivida.
Y además lo hace con trampa: no es la felicidad individual, esa versión tipo “sé tu mejor versión en 10 pasos”. Es una felicidad colectiva, que depende de los otros, del entramado social, de esa idea medio antigua —y bastante revolucionaria— de que nadie se realiza en una comunidad que no se realiza.
Ahí aparece la diferencia. Mientras otras doctrinas prometen que, con suerte, vas a estar un poco menos mal, el peronismo plantea algo más ambicioso: que la política debería aspirar a que la gente sea feliz. Así, sin comillas.
Puede sonar exagerado. Puede sonar ingenuo. Pero también tiene algo de sinceridad brutal. Porque, si uno lo piensa dos minutos, ¿para qué sirve la política si no es, en el fondo, para eso?
Aunque claro, dicho así, el desafío es enorme. Porque una cosa es declarar la felicidad como objetivo… y otra bastante más complicada es lograrla sin que alguien, en el medio, te pregunte: “¿y esto cómo se mide?”
Bueno... probablemente no se mide. Y quizás ahí está, justamente, el punto.
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