MARIA JESSICA LILLIA.

-Es titular del sitio de poesía y reflexión "El Buen Sentido".
LAS TRES COSAS PERMANENTES.
'Hay tres cosas que son permanentes: la confianza en Dios, la seguridad de que él cumplirá sus promesas, y el amor. De estas tres cosas, la más importante es el amor'.
Lo que voy a decir es una especie de nota recordatorio para mí, pero quizás le puede servir a alguien más:
No todos estamos en un mismo estado de consciencia, si bien cuando andamos en un mismo espíritu (Dios nos cría y el viento nos amontona) calibramos bastante parecido, pero no siempre pensamos exactamente de la misma manera y eso es lo perfecto.
Cuando me refiero a compartir un mismo estado de consciencia me refiero a una comprensión algo más universal (con un entendimiento del alma) de algunas, no todas, cosas que acontecen en nuestro entorno. Ahora bien, esto no se trata de ser superiores o inferiores sino, como ya lo dije, de estados de consciencia diferentes.
Al ser conscientes de ese estado de consciencia necesitamos acallar el Ego para que surja la humildad de nuestro espíritu que nos permitirá tener compasión por los demás (así como otros la han tenido y tienen con nosotros), por aquellos que no están en ese mismo estado de consciencia que estamos nosotros.
No dejo de pensar en la mirada de amor cargada de paciencia de tantas personas que me han escuchado decir o hacer cosas típicas de alguien metido en un sueño delirante el cual creí, en su momento, eran parte de una realidad. Me acuerdo y agradezco ese amor, como también la incomprensión de otros, que me acompañaron. Y gracias a ellos y a esa experiencia, hoy estoy en otro plano de consciencia. Ni superior ni inferior, simplemente en otro estado, en el que intento seguir despertando. Sin juzgar, por lo menos intentando no hacerlo.
Aquí, en estas redes y en este plano, me pude encontrar con los que sienten de una manera similar a la mía aunque tengamos distintas formas de observar las cosas. Ciertamente esto sí que es algo enriquecedor, porque la mirada distinta (ni mejor ni peor) sobre determinados temas y situaciones no hace más que enseñarnos que necesitamos de los demás para poder ver de un modo un poco más verdadero.
Y sucede que a veces no podemos respetar los tiempos de otros olvidándonos de que cada cosa tiene su tiempo y que el único que sabe de tiempos es Dios. Si tan solo recordáramos que alguna vez hemos rechazado la verdad —sea por miedo, comodidad o porque no era nuestro tiempo—, seguramente seríamos más amorosos, con nosotros mismos y con los demás. De hecho, el estado de consciencia no es un lugar al que se llega y listo sino es un continuo camino de aprendizajes al estado original para luego volver a empezar.
Muchas veces no estamos listos para asumir verdades, no se trata de una preparación especial que se pueda estudiar con libros sino de la rendición de nuestro espíritu ante la verdad que se manifiesta a través del amor y se nos aparece de maneras insólitas. Pero esto solo podemos hacerlo cuando es nuestro tiempo de hacerlo y no otro.
Digo todo esto porque me llegan comentarios de personas que se impacientan con otros al punto del enojo y hasta el hartazgo por ver que aquellos no ven la realidad como se supone la deberían ver. Me pregunto si ese enojo no refleja un enojo con uno mismo por no ver la realidad como deberíamos y que finalmente nos impide trascender nuestro estado de consciencia actual.
Son tiempos de intensos movimientos internos que sin duda se expresan allá afuera. Sé que hay quienes son verdaderamente conscientes de obrar en favor del mal, pero también están quienes aún no logran dejar de seguir de manera inconsciente a estos. Es necesaria la misericordia para dichos casos. (Salmos 37).
Doy fe de que el amor es lo único que nos salva (Mateo. 22, 36-40). Y desde lo más profundo de mi corazón les digo que es tiempo para encontrarse con ese amor (1 Corintios 13).
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